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martes, 23 de febrero de 2016

De regreso. La violencia en Juchitán.

Hace mucho he estado postergando esto de escribir de nuevo, haca más de un año que llevo sin escribir algo que valga la pena. He decidido reabrir este blog por esa y por otras varias razones. 
Bienvenidos de nuevo a un lugar que (es casi) el paraíso.

Lo que aquí se escribe data del 15 de octubre del 2014. 


Chance y sea el ambiente. Los que preguntan: Vivo en Juchitán desde hace más de cinco meses. Trabajo en un taller de mototaxis, a veces meto mano y todo. Acá pelamos ojo y alzamos oreja: La violencia es gratis.He visto esos desmadres. Los cuates que andan las motos no tienen la culpa, no todos. Pasan chingaderas y son purísimo pendejo el que las hace. El maistro mecánico tenía una moto -1224- esa moto asaltó tres veces en un día. El chofér, su sobrino, dijo que no había sido él. Todo apuntaba a una pirata, de esas que se pintan de cualquier color y le ponen cualquier número. Naranjas. Y de las chinas, como las granadas. El escuincle y dos pendejitos robaron $200, un celular y -lean muy bien- una patineta. Es neta. Apenas saben hacerse una manuela y ya se creen hombrecitos. Entre el celular y la patineta sacaron mil pesos y se lo repartieron entre los tres. Al otro pendejo (al que le robaron la patineta) lo conocen y los conoce a ellos. Tenía miedo de hablar aunque es más grande en edad y tamaño que los asaltantes. Uno de los asaltantes está en la cárcel.

En la misma unidad, el maistro maneja por Tierra y Libertad, el cliente llega a su destino y de la nada sale otro tipo, serán las seis de la tarde y el sol pega todavía, pero no hay nadie alrededor. Su pasajero se cubre las facciones con un trapo y le pide el dinero que hizo en el día, en la guantera hay cuarenta pesos. -Apúrate, cabrón. -Rápido. El del trapo en la cara saca una fusca y el maistro es agarrado por el otro para quitarle la cartera. En un forcejeo, azota la culata con el cóncavo del ojo y mejilla. Un calor amargo recorre el rostro del maistro Margarito. La vista en el ojo derecho se pierde. Por la tarde, hasta ahora, le tocan terapias para mover el ojo. Los del taller bromeamos con su condición, que si quiere un loro para su hombro, ojitos pajaritos, la guasa.

El maistro, 2014.

Por Cheguígo asaltaron, de eso hace dos meses. Lunes por la noche. -¿Qué acción? -Tranquilón. -Un bisne o qué. -No, bi'ché, tranquilo. -Acá nada de tranquilo. Te crees la verga o qué, esta que traigo es la mera mera. El pasajero asaltante traía un arma sin balas. La víctima fue una joven que perdió su quincena, su celular y una cadena, dice el chofér, de oro. Vete por el centro, le dice. La moto frena a la entrada del puente chico. -Ten, para el chesco. El que cuenta la historia da un sorbo a su cerveza y comenta que le dieron un billete de doscientos. El asaltante anduvo machín (mariguano), ya ta señor. Olía (a) esa madre criminal, después de eso guardé la moto, ni ganas me dieron de salir.

Y lo mejor para el final: en un taller mecánico encontraron un cuarto de coca dentro de un mototaxi mientras hacían servicio y afinación. Los chavos en el taller se quedaron de a seis, el que dejó la moto fue a jetearse a su casa y no contestó su teléfono. El mero dueño del mototaxi (y de la coca en polvo) llega encabronado, tirando chispas como torito de fiesta, saca una escuadra cortita (parece que las regalan, de plano). Con palabras escogidas del diccionario mas pelado, amenaza por la coca o por el paradero del chofér. El chalán abre una caja y temblando entrega la bolsita de nieve. El dueño la recoge y se va en silencio hacia la calle. A mitad de camino retrocede marcando los pasos que hizo en el local, les dice a los trabajadores si no quieren un poco, sin compromiso. Prueben y si les gusta hacemos negocio. El arma le hace un bulto en la playera... Creo que no es la gente. Chance y es el lugar, la circunstancia.
En la radio se la pasan poniendo a los BuKnas de Culiacán, al Komander, que si con cuerno de chivo y bazuka en la nuca, o en el baño con las morritas y que se nos baje la enfiestada, el cigarro bañado y el cuerno armani... Digo yo, si los niños ven que el dealer anda ropa nueva, carro del año y se regordea en antros con mujeres macizas; que el obrero o trabajador común y corriente ganan lo justo (a veces menos) en un horario de ocho a ocho, ¿Qué van a querer ser de grandes? La violencia está idealizada, se ve como un poder, uno ilimitado. Se ven en un espejo y son Pablo Escobar, El Chapo... Poder ilimitado que dura un par de minutos. Eso es lo que se les olvida... Que trabajar hace hombres, no robar.

Después de casi un año y medio las cosas han empeorado en la ciudad y no hay indicios de mejora...



domingo, 17 de junio de 2012

Recuerdos.




1.
Era común mirar por las tardes a los campesinos que venían con su yunta de bueyes, con su carreta y veías toda la calle enlodada en los tiempos de mayo, de junio. Llegaban a encerrar a los animales en sus corrales porque no había confianza de dejarlos en el campo. Los campesinos madrugaban, la vida los despertaba temprano, aquellos hombres que usaban el sombrero de ala ancha y tez morena. Ordeñar era lo primero que hacían,  tenían que sacar leche de por lo menos 25 vacas antes de que el sol saliera, luego se llevaban el ganado al campo y después, ya cuando se metía el sol,  se regresaban a su casa. En la séptima había muchos corrales para encerrar al ganado y era común también ver a los niños descalzos, algunos corrían desnudos (las niñas andaban solamente con una pantaletita) y casi siempre jugando. En los pórticos, las señoras despiojaban a los niños, les quitaban las liendres y los piojos de la cabeza, luego se los metían a la boca y los destripaban con los dientes.

2.
En las épocas de buena cosecha el que se ponía a trabajar en su siembra y le iba bien, invitaba a sus amigos y familiares; les daba un costal (en los tiempos de antes, la medida  era “una hamaca, un tejido”) lleno de elote, para que la gente hiciera tamalitos, atole. Las personas que no eran tan cercanas recibían una jícara de atole, esa era la ofrenda, una muestra de cariño. Cuando era temporada de secas, venían con sus carretas cargadas de leña, pedazos enormes, de esos que sólo un hombre curtido por el trabajo duro podía sacar de un tronco a punta de hacha, los varones de la familia con unos 15 años a cuestas ya iban con sus padres al rancho a trabajar.

3.
El primer recuerdo de mi infancia es la siembra del ajonjolí, lo acumulaban para que se secara al sol, “piñas” enormes que se asoleaban, esto era por el mes de octubre. Me acuerdo que pegaba un viento muy fuerte y luego llegaban cientos, miles de palomas en los sembradíos, en las piñas. Los niños que vivíamos en el campo íbamos a cazar palomas y comerlas, las comíamos porque siempre había muchas, jajaja, ahora ya no hay, los zanates las corrieron. Mi papá cultivaba sandía, papa y calabacitas, en la tarde siempre podíamos comer una sopa de calabacitas tiernas.

4.
Las tardes en Juchitán eran muy bonitas, teníamos la oportunidad de jugar sin que pasaran tantos coches como ahora. Jugábamos en la tarde, después de la escuela primaria, en la noche se jugaban otra clase de juegos. En la tarde  volábamos papalotes en los terrenos baldíos. Nos reuníamos en grupos de  6 o más y ahí nos veías con el papalote en el aire, los ricos lo compraban ya hecho, nosotros no. Salíamos de la escuela primaria y comprábamos papel china de todos los colores, hilo y lo armábamos con carrizo de la casa de algún vecino nuestro.  Una vez que ya caía la noche jugábamos al encantado. El encantado era uno de los primeros juegos en los que se hacía contacto con el otro sexo, corríamos y nos escondíamos, podías tocarle la mano o la espalda así sin más. No faltaba aquel que perdía un pedacito de su dedo o se pegaba el dedo gordo del pie con una piedra grande. Otra cosa que hacíamos en la noche era contar historias de nahuales, historias de miedo; pero historias de miedo que pertenecían a nuestro contexto como pueblo. Historias de las casas abandonadas, de las brujas, de los arboles de mal agüero, no todos, algunos nada más, los que tenían mala fama. Como la ceiba o el pochote. No cualquiera tenía uno de esos árboles en su patio porque decían que atraía a los nahuales, a los duendes, a los espíritus. Pero mucha gente humilde se dedicaba a la elaboración de almohadas para la gente que tenía dinero, y las almohadas que vendían estaban llenas del algodón del pochote, las demás personas hablaban feo de los que hacían las almohadas, que tenían pacto con el diablo, que sabían quiénes eran los que se volvían animales en las noches y que los dejaban dar vueltas en el suelo, al pie del árbol, para volverse changos, marranos, vacas. Eran esas las historias que contábamos de niños. No solamente eran historias para el disfrute de los niños, también eran algo que el adulto disfrutaba. Esos cuentos creo yo, eran para regular la conducta, para mantener la inocencia intacta.

5.
Juchitán ya cambió, y con ella su gente.  Antes todos se recogían en su casa muy temprano.  Ahora salen a la hora que sea,  luego los ves en cantinas, en las discos o tomando en las esquinas. Había mucho respeto antes, nos conocíamos todos. Cuando íbamos a algún baile o a una fiesta siempre era en bola, salíamos de nuestras casas caminando y estábamos un rato en la fiesta, no como ahora que los muchachos se regresan  cuando está saliendo el sol, pareciera que les vale madre. En ese entonces no había eso de las bardas, la gente tenía confianza. Cuando volvíamos a nuestras casas era ya de madrugada, pasábamos el patio de alguien que estaba roncando en su catre o en su hamaca, no había ningún temor, salvo que algún perro nos ladrara, eso despertaba a los que dormían pero ellos ya sabían quiénes iban a pasar por ahí.

6.
Este pueblo tiene muchos aspectos que se han ido perdiendo. Los cazadores por ejemplo, los que se dedicaban a la cacería del conejo o de la iguana, del venado, ya casi no se ven. Ya no se ven en el sentido de que la cacería era una necesidad, era de lo que comían porque no había o no alcanzaba para comer. Quizás sigan existiendo algunos cazadores, pero ya son muy pocos, y los que cazan ya lo hacen más que nada por gusto o para presumir de un arma. Antes no era así la cosa.

7.
Yo creo que también hay que hablar de las mujeres de antes, las de ahora (la mayoría) son muy flojas y no tienen carácter. La juchiteca es terca, no es fácil dominarla, ella es la que domina, es rebelde. La mujer juchiteca es rebelde por naturaleza, no puedes imponerle algo tan fácil. Es amorosa y sabe recibir el cariño. Si una teca te va a  amar, te va a amar de verdad. Ella te escoge y escoge la manera de quererte. Las paisanas son muy trabajadoras, activas, muchas veces ellas son quienes ponen la comida en la mesa porque ganan más o porque sus esposos se gastan el dinero en la cantina con el compadre.

8.
Otra cosa que cambio ahora es la arquitectura, aquellas viejas casas de teja, frescas, ya no se ven. Ahora casi necesitamos un programa de rescate. Ya no es tan sencillo encontrar los patios llenos de plantas, las enramadas hechas de una enredadera que ya no he vuelto a ver, no me acuerdo como se llama, si supiera te lo diría. La modernidad extinguió todo lo autóctono, se ha ido imponiendo.  Juchitán tiene todavía espacios mágicos, de pronto llegas a un lugar y te sientes embelesado por lo que ves, y por eso el éxito del “Bar Jardín”. Porque el  Bar Jardín es como las casas de antes. Tú llegas y entras, lo exploras como quien no quiere la cosa, ves el patio lleno de plantas y el corredor fresco… yo creo que tendría más éxito el Bar Jardín si le colgaran algunas hamacas, como diciendo “pásale, esta es tu casa,” y es que la hospitalidad es algo muy nuestro, antes cualquiera era bienvenido a Juchitán, la inseguridad ha ido apagando esta hospitalidad de la que te hablo... 

viernes, 25 de mayo de 2012

REGADAS


Continuando con las aportaciones textuales en esta humilde pero colorida sección, seguiremos hablando del mes de mayo en Juchitán, mes que aguardamos con ansiedad y del que ansiamos su larga duración aunque no se pueda.

En la última semana de mayo, ocurren muchas cosas: desde una borrachera en el diablo de un amigo hasta la boda de quien sea. Y por supuesto las Velas. El cielo nublado y el aire caliente me hacen recordar que mayo es uno de los meses más calurosos del año pero el estallido de los cohetes me recuerdan que es “Fiesta Pueblo” y están indicando por donde viene la REGADA.Gracias a que mis abuelos viven en el centro de esta ciudad, nunca me pierdo ninguna de ellas. 

Las REGADAS son paseos que se hacen después de cada vela. En ella desfilan, a pie, los mayordomos entrantes y salientes de la fiesta, seguidos por mujeres que cargan velas y flores para el santo patrono del pueblo. Detrás de ellos, vienen carros grandes decorados con flores, arreglos y figuras de muchos colores que llevan a mujeres invitadas por la capitana de la vela, mujer de máximo poder en el desfile. Una cabalgata de hombres y mujeres acompañan a los capitanes mientras todos dan regalos a los espectadores al compás de la música tradicional que marca el ritmo entre gritos y mucha algarabía.
(Fotografía de Armando Vázquez)

Me gusta el colorido de las imágenes de estos paseos multicolores en donde circula el mezcal para los hombres que cargan Coroz y caguamas para el Pito Nissiava que acompaña con música a los mayordomos. Las capitanas se abren paso con sus carros adornados con flores entre personas que gritan los ya famosos “dame uno muchacha” y los hombres en caballos tratando de poner sus mejores caras mientras hacen gala de su equilibrismo para poder aventar los regalos que llevan en sus manos a la vez que tratan de dominar al animal. Las regadas deberían convertirse en un deporte nacional: tienes que hacer uso de reflejos sobrehumanos, los cinco sentidos multiplicados por diez y elevados a la décima potencia en el caso de los que arrojan regalos. Mientras que la habilidad para saltar más alto que las demás personas, estirarte para alcanzar el jabón de barra que bien te vale 5 pesos pero aquí te lo están regalando, el esquivar proyectiles como latas de chiles y botes de cloro que están guardados en finas bolsas de plástico, como agarrar una bolsa de sopa sin que se reviente en tu mano y que no quede todo regado en el piso, los paquetes de galletas MARIAS que son tan delicadas que cuando tocan la mano del rival se convierten en un fino polvo, esto en el caso de los transeúntes que esperan la regada y que buscan atrapar cualquier regalito. El lugar en donde vayas a ver este acontecimiento debe de ser especial: cada familia sabe dónde se coloca la otra, los posibles rivales se acercan a conversar del día en el trabajo, de cómo está la familia, nadie sabe contra quien tendrás que pelear por una cubeta y todos sabemos a qué venimos.

Las regadas tienen su toque de riesgo ya sea para las personas que pertenecen al paseo o los espectadores que pueden sufrir desde unos moretones leves hasta una contusión gracias a que alguien arrojó algo que golpeó en la cabeza a la muchacha que estaba distraída mirando donde va a caer la varilla de carrizo del cohete que acaba de hacer explosión. Por eso les digo querido lector que en este tipo de actos debes de hacer uso de todos tus sentidos, los propios y los impropios: desde quitarle un vaso a una niña de 10 años por que se descuidó hasta pelearte con tu vecino por una palangana. Al terminar todo queda en risas y en pechos hinchados de orgullo por los objetos obtenidos. Todo regresa a su normalidad para esperar la regada del siguiente día…

Don Puerco Chancho

martes, 22 de mayo de 2012

CALENDA JUCHITECA

No sé porqué decido salir rápido de la vela viadxi.
No estoy aburrido, tampoco muy divertido. No he tomado una sola gota de alcohol por la gastritis inclemente que me tortura cada fin de semana. Los cuartitos de cerveza se amontonan debajo de las sillas de mis acompañantes y de unos españoles que, flipados para bien, beben, comen, bailan y se divierten en la vela del ciruelo, una de las más divertidas de la semana.
Es semana de velas, señores. Es el maratón Guadalupe Reyes de Juchitán. Sabido es que las velas son rasgo emblemático de esta heroica y alcohólica ciudad. Es la semana mayor. Es cuando la Corona hace su agosto en pleno mayo. Es la semana en donde el hígado, la resistencia, la profundidad amorosa y las relaciones son puestas a prueba. Son las Velas de Mayo de las que hablaremos en un futuro más extensa e informativamente. 
No me distraigo. Tengo que darles a conocer la Calenda.
Un amigo se me acerca asustado. Me dice que le han robado el celular, la cartera y la pulsera de oro saliendo de la vela, justo a las puertas del panteón. Tienen que saber que la fiesta se hace en un campo deportivo al lado de un panteón vetusto. Los hombres tenemos que salir a orinar entre las tumbas y eso ya es una costumbre. Entre las fosas, más de uno se pierde. Entre ellas, más de uno sale asaltado. A mi amigo le ha pasado. Y sin triunfo.
Recuerdo a mi acompañante nuestra condición física pero un ángel enorme en forma de amigo fornido aparece para llevarnos a la casa de la persona que nos ha invitado a esa cosa misteriosa llamada calenda.
Según aquioaxaca.com, la calenda es definida así: Calenda
Y básicamente es eso, sólo que con mucho, mucho, mucho alcohol. Lo que los estudios académicos, sociales y demás se olvidan en todo estudio acerca de los usos y costumbres de Juchitán es del componente alcohólico.
Les cuento. 
Llegué con dolor de panza y aburrimiento infinitos a la casa del mayordomo de la calenda. Me sorprende que sea un hombre tan joven y más aún dispuesto a seguir una tradición que más bien me parece folclórica. Él está muy orgulloso de serlo y se le nota. Cuando siento ya tengo un café con piquete (mezcal, por supuesto, que aquí somos hombres) y un tamal de frijoles en la mano. Ante la reacción de mis amigos, engullo el tamal y reafirmo la reacción general. Están reputamente buenos.
El café da paso a una extraña bebida sabor jamaica. Es el chingorolo me dicen. Básicamente es un chingado tang de jamaica o de sabor indefinido diluído en una garrafa de mezcal, así que ya usted se imaginará. 
La calenda comienza cuando la gente va llegando a la casa del mayordomo para acompañarlo en el recorrido por todo el centro de la ciudad. La gente se acerca, la banda de música está tocando a todo volumen, la calle se cierra, la calma de la madrugada es violada sin consideración, la gente toma, fuma, come, platica, sonríe.
Unos monigotes de unos cinco metros de largo comienzan a danzar. Son títeres enormes pero que manejan a su titiritero con una calma chicha. Dan risa cuando bailan juntos. La sexualidad no importa, una es vieja, el otro varón. Pero quienes los hacen bailar son dos hombres que están, evidentemente borrachos como para sacudirse de tal forma. La borrachera los hace pagar el precio. Los monos pesan unos veinte kilos así que, muy machitos, se ven obligados a descansar entre canción y canción. 
El alcohol, el chingorolo pues, corre como río. 
Partimos. Entre gritos y vivas a San Vicente, de repente, me veo extrañamente sorprendido gritándole a ese señor. Un santo católico que cargaba un saco y etcétera. No soy católico pero el chingorolo me hace olvidar. Grito más vivas y tomo más jamaica adulterada.
Los monos bailotean extenuados, la banda desafía al viento, las farolas se sacuden (aquí tengo que hacer un paréntesis que ustedes están leyendo: no me puedo explicar cómo las ancianas o las señoras pueden mantener su farola encendida, básicamente un carrizo, una vela y mucho papel celofán, mientras que una bola de zánganos "jóvenes" terminan con su carga incendiada entre risas malévolas; perdón por la interrupción), los carrizos se agitan. La música invita a bailar. O la euforia. O el folclor. O el chingorolo. O San Vicente. O Juchitán. O la misma dicha de estar vivo en medio de todo esto. 
Ahí voy caminando y bailando y bebiendo en vasitos que se desparraman y corriendo y gritando y observando y aplaudiendo y viendo a quienes nos observan divertidos. Unos vamos más sobrios que otros. Unos más cansados. Otros más divertidos. Por allá nos ligan, por acá se ríen de nosotros, por acullá nos saludan de lejitos. 
No sé qué cruz estoy cargando ni sé qué manda estoy pagando, me dice mi amigo de Salina Cruz que sudando, extenuado camina con los ojos desaforados producto de una escasa peatonización. Me río de su cansancio y de sus quejas. Y le señalo a una amorosa anciana y a su pareja, de unos cientocincuenta años entre ambos, que pronta, rápida y solícitamente nos siguen exactamente al mismo paso. La fe es más grande que el desmadre, me digo en una nota mental. 
Que se me olvida con el siguiente puto vaso de chingoroloonoséquémierdasmeestándandoenestemomento.
Y veo como la calenda atrae a ríos de gente que salen de todos lados. A cientos de vecinos que se incorporan a esta marcha que no es política, que no es social, que no tiene propósitos más que profesar la admiración por un santón viejo pero bueno. Entre gritos y más vivas, la mirada antropológica y social se pierde entre el desmadre juchiteco. La observación se convierte en participación. Es imposible ser frío, estar aburrido y no divertirse en el caos organizado y precioso de una calenda.
Todo termina frente al atrio de la iglesia de San Vicente Ferrer. Pensaba que entraríamos y se me hacía sacrílego que una turba de cientos, quizá miles de paganos alcoholizados por una bebida exótica, fuéramos a rezarle al santo. No. Nos detuvimos justo en la cancha de la escuela Charis. 
Y ahí entre todos los curiosos y exactamente a las seis y media de la mañana, unos toritos de fuegos artificiales asustan al respetable y provocan que los más borrachos o los más atrevidos salten a que ... etcétera... Acabo de ver el ojo morado de mi amigo, el más alcoholizado, que parpadea lloriqueando. Me sorprendo. Todos somos amigos aquí. Y...sin embargo. Más chingorolo
Todo termina con mi amigo y los monigotes bailando lambada en pleno parque central. Todos bailamos por mero desmadre, gozo, borrachera o vaya usted a saber. Son las siete de la mañana.
La calenda no ha terminado ahí.

Nos llevan a la casa del mayordomo que nos ha invitado a "desayunar", acto que consiste en básicamente chingarse los tamales recalentados y SÍ, SEÑORES, beber cerveza fría a las ocho de la mañana. Ya no hay café ni extrañabebida. Ahora es la pura y dura cerveza clara, helada que ya hace bastante calor. Pasan tres horas entre risas y desmadre teco. Acento y zapoteco. Son las once de la mañana y la banda sigue tocando sones istmeños ya nada más para acompañar a los últimos invitados de la parada: nosotros. Cada quien pide su canción, cada quien brinda con los músicos. La calenda termina cuando la última nota del son (o de la cumbia o del "Ai Se Eu Te Pego", porque aquí ya somos modernos) se escapa en plena mañana dominguera. 
La borrachera apenas comienza (¿o termina?) pero eso ya no es calenda sino mera pasión etílica.


sábado, 19 de mayo de 2012

ENTRE CANTINAS


Juchitán es la tierra en donde nací y llevo viviendo gran parte de mi vida. Este lugar me
dio muchas cosas, desde buenos amigos hasta penas y condenas, amores bestiales y algún
que otro desliz de una sola noche. Pero no hablaré aquí de cuando estuve con una chica 12
horas en un motel de segunda mano llamado “Alpha” que ya no existe. Hoy nos toca hablar
de cantinas.

Las cantinas, a comparación de bares y los llamados antros, no son un lugar de ligue.
Muchísimo menos un lugar para llevar a tu novia. Es un espacio en dónde no irás a tomarte
un shot de colores amarillo o rosado. Es un espacio en dónde el beberte una media significa
escupir en la cara de tu compañero. Las cantinas juchitecas son rudas, mal olientes, con
mucho sudor y un toque de peligro. Siempre debemos de tomar en consideración el riesgo
que corremos al entrar a esos lugares del diablo, en donde no todo son golpes y peleas, sino
que también son lugares en donde podemos ir a curar penas y probar las cosas raras que te
sirven de botana.

Siempre vamos a lugares donde nos gusta estar. Comida, marca de cerveza y/o música,
creo, que son los factores que intervienen para la selección del lugar dónde iremos a
quitarnos las penas y beber sin control. La botana siempre es importante. Recuerdo ir a
lugares en donde te dan cosas tan simples que terminas aburriéndote como salchichas,
quesillo, los bien populares taquitos fritos, etcétera. Pero hay lugares en donde realmente
necesitas valor para probar lo que ahí te surten. Claro que a la quinta caguama ves las
cosas como realmente son: corazón, tripas, sangre, inmundicias varias; cosas que nunca
comerías en tu casa pero que en la cantina adquieren un contexto diferente, en donde nada
se desprecia y, mucho menos, nada se desperdicia.
La marca de cerveza, querido lector, siempre es algo que influye; más para las personas
que no nos consideramos “universales”. No tengo respeto para las personas que te
dicen “cerveza Sol, sí, pero que esté bien fría”, etcétera. En realidad están dando la razón de
que esa línea de cerveza sabe horrible y que sólo la pueden tomar cuando aquélla esté bien
fría. Cuando voy a una cantina siempre trato de que sea de la otra marca. Eso se debe a que
toda la vida he bebido Corona o porque estoy acostumbrado de que en las velas de mayo
siempre se consuma más esta marca, por lo que trato de ir siempre a los lugares Corona.
Pero si ponen realmente atención a cómo son las cosas, existen más cantinas de marca Sol
a la de marca Corona. No sé si esto sea bueno o malo pero es algo que me intriga. En una
cantina no puedes pedir una media; eso significa que tienes mucho varo y para eso están los
bares. En las cantinas se consumen las cervezas familiares, las bien conocidas caguamas
que bien o mal siempre alcanzan para las buenas compañías, los amigos y los colados.
Cerveza correcta. Buena botana. ¿Qué más falta? Pues buena música…

La música, un tema tan escabroso que no quería tocarlo, pero que es realmente importante.
Recuerdo que en alguna etapa de mi adolescencia escuchaba mucho del llamado “rock
nacional”, ya saben Tex Tex, Haragán, Bostik, etcétera. Por lo que siempre ando en caza de
viejos tiempos. Muchas cantinas cuentan con rocolas cuya música es tan variada que vale
la pena escucharlas (y quedarse ahí) aunque el servicio sea malo. Existen bares en donde
la música en vivo crea un aire íntimo ideal para llevar a una mujer; pero prefiero, siempre,
de la música de cantina. Aquí entra la magia de la variedad de géneros que te gusten y
puedas encontrar en estos artefactos; desde encontrar una cumbia guarra hasta un rock fresa como Interpol.

Una vez encontré rolas de Motorhead lo cual causó un asombro bastante
grato. Aunque siempre debes recordar que no estás solo y que alrededor de ti se encuentran
personas que están sufriendo o festejando; que después de unas cuantas cerbatanas bien
elásticas el odio se convierte en alivio y el rencor se convierte en risa por lo que tienes que
esperar a que la canción que pusiste suene y, mientras, te tienes que chutar las rolas de
los demás porque así está diseñado este sistema. Alguna vez recuerdo que en una cantina
relativamente pequeña en la que nos encontrábamos unas 8 personas, llenando el aforo,
una persona, amigo y conocedor, puso la rola “Hey Jude” de los Beatles; el coro del final es
peculiar y muy pegajoso entonces en ese lugar pequeño en donde podías oler el sudor de la
otra persona, el silencio fue roto por un grupo de alcohólicos coreando aquello de “lalala”
que tanta gracia nos hizo y que es un momento inolvidable de mi vida a pesar de que hayan
trascurrido ya más de 6 años.

Las cantinas son lugares de culto. Cuando entras y conoces el mundo alterno que se
encuentra en Juchitán a partir de las 11 de la mañana hasta las 9 de la noche sabes bien
que existen personas con tus mismos gustos, que sufren penas y gozan alegrías. Les debo
recordar que la variedad y la cantidad de cantinas en un lugar tan pequeño me asombra.
También me sorprende cómo se han convertido en parte de la historia de esta pequeña
ciudad; los usos y costumbres de las cantinas: desde las personas que nos atienden, la
mayoría de ellos homosexuales, hasta la forma peculiar de ganarte unas chelas más y todo
por la causa…

Don Puerco Chancho